jueves, 7 de octubre de 2010

¿Por qué es importante recuperar bien un esguince de tobillo?





Se trata de una lesión frecuente, a veces ocurre de la manera más tonta y es habitual que recidive (que se repita la misma lesión en el mismo tobillo).
El mecanismo lesional suele estar claro (el pie tuerce hacia dentro provocando la elongación de los ligamentos que sujetan los huesos y que protegen la articulación). Los más afectados suelen ser los ligamentos peroneo-astragalinos, es decir, los  de la parte externa. 
Esta es una explicación somera y resumida de lo que ocurre.

Pero lo que puede que no esté tan claro es el desglose anatomo-fisiológico de lo que tendría que haber sucedido para que no hubiera esguince.

Los ligamentos, esos elementos de sostén de las articulaciones, contienen unos pequeños "sensores de posición" que informan constantemente a nuestro cerebro del punto exacto en el que se encuentra esa articulación en el espacio. Es como si tuviéramos un pequeño GPS en cada junta de nuestro cuerpo. Se trata de un proceso interno, que no llega a la consciencia cuando nos movemos en rangos articulares normales. Esto nos da la explicación a por qué sabemos en qué posición está cada segmento de nuestro cuerpo en cada momento aunque cerremos los ojos.

Pues bien, qué pasa cuando nuestros "sensores de posición" articulares detectan que estamos cercanos al límite de movilidad que puede soportar esa articulación... La información llega a nuestro cerebro a gran velocidad y éste pone en marcha, en fracciones de segundo, el mecanismo que pretende evitar que ocurra la lesión. Es decir, se propagará una orden dirigida al grupo muscular pertinente para que se contraiga y devuelva la articulación a su zona segura. 

Todo esto ocurre muy rápidamente, tanto que la mayoría de ocasiones no llegamos a percibir lo que ha estado a punto de ocurrir. Otras veces, si el proceso se retrasa solo un poquito, nos encontramos resoplando: "... ufff, casi me tuerzo el tobillo...". Y, en el peor de los casos, la respuesta no llega a tiempo y... ups, ocurre la lesión!!!

La buena noticia es que este mecanismo es fácilmente entrenable, pero lo más importante es que en el momento adecuado, tras sufrir un esguince (dependiendo del grado de lesión en cada caso) es imprescindible su buen reentrenamiento. 
Los ligamentos lesionados pierden parte de sus "sensores" o más bien podríamos decir que se desconectan del cable que conduce la información que recogen. A medida que ocurre la cicatrización y todo va volviendo a su sitio es necesario reprogramarlos, devolviéndoles progresiva y controladamente su función.

En el caso del tobillo esto se hace con un buen programa propioceptivo. Se trata de hacer un trabajo de entrenamiento al equilibrio que obligará a los sensores, de una manera controlada, a recoger y transmitir datos. Del mismo modo el cerebro irá enviando sus órdenes y se restaurará así la función. Si el programa se completa con éxito volveremos a gozar de una articulación sana, tanto o más que antes de la lesión, evitaremos sensaciones de inestabilidad que conducen a movimientos protectivos y anómalos (dejaremos de andar raro) que dañan otros segmentos vecinos, seremos felices y comeremos perdices reincorporándonos a nuestra actividad plenamente recuperados!!!



martes, 5 de octubre de 2010

Me muevo menos-me duele más-me muevo menos...





La comunidad científica ha investigado recientemente la relación cíclica entre reducir la movilidad, el dolor y el consiguiente miedo al movimiento (que obviamente conduce a reducir la movilidad). Se trata de un estudio realizado en pacientes con dolor lumbar crónico. Por lo visto son pacientes muy dados a crear patrones de movimiento de gran cautela que promueven el aumento de rigidez en la región afecta y es ello lo que acaba instaurando la cronicidad de la dolencia.
Evidentemente el estudio es mucho más complejo de lo que parece por la somera descripción que acabo de hacer. De hecho, una de las cosas que llaman la atención sobre todo esto es el componente de anticipación al dolor. El patrón anómalo de movimiento no espera a sentir dolor para evitarlo, el cerebro presupone que en algún punto no muy lejano dentro de la amplitud de un gesto determinado se desencadena la expresión del síntoma. De manera que, mejor pecar por exceso de prudencia y alejarse al máximo... algunos cerebros incluso programan la negación absoluta de la movilidad, implicando para la consecución de una tarea al resto de estructuras móviles vecinas consideradas "fuera de peligro". 

Redundamos con esto en un término del que ya habíamos hablado con anterioridad: "Kinesiofobia", en mi opinión presente en infinidad de procesos dolorosos que se inicia como un mecanismo de evitación necesario e inofensivo para convertirse con el tiempo en un error generalmente perpetuador de patología.

La literatura habla mucho de la kinesiofobia en el marco de la patología relacionada con el geronte. Pero parece que por fin se está invirtiendo tiempo y esfuerzo en reconocer la multitud de manifestaciones que puede tener este miedo al movimiento.

¿Cómo detectar estos patrones anómalos en pacientes con dolor lumbar crónico?


Se trata de pacientes incapaces de hacer una báscula pélvica, han eliminado la movilidad en el sentido antero-posterior de sus últimos segmentos lumbares. Tampoco flexionan el tronco a costa de esos segmentos y en su lugar usarán la articulación de la cadera (coxo-femoral) o forzarán el resto de segmentos lumbares y dorsolumbares para conseguir el mismo rango de movilidad, en muchas ocasiones sin éxito, por la excesiva tensión neural y acortamiento muscular en su cadena posterior. 


Es muy posible que la anulación de movimiento se extienda a segmentos que no tienen ningún problema ni entrañen motivo de restricción. 


Una buena reeducación en pequeñas dosis, acompañada de una explicación y razonamiento de cómo ocurre el proceso, porqué y cómo lo está interpretando un cerebro que ha aprendido a sobreproteger en alerta de posibilidad de daño, sería la mejor receta para desactivar las alarmas y devolver a los padecientes la posibilidad de integrarse en una actividad física saludable.

viernes, 1 de octubre de 2010

Hoy me he levantado con dolor de radiografía...




A riesgo de caer en la repetición, me gustaría hablar de nuevo sobre el dolor condicionado, casi impuesto por un cánon social. El diagnóstico por imagen puede ser muy acertado y útil en muchas ocasiones, pero existen también numerosas ocasiones en que puede resultar un arma de doble filo, capaz de condenar a las personas a una condición de sufrimiento muy duradero, por no decir eterno.

Me explico: es muy frecuente la consulta al profesional sanitario por dolor musculoesquelético (dolor en rodillas o caderas, dolor cervical o lumbar, dolor en un talón o en un hombro). Las circunstancias sociales, laborales y cronológicas de cada uno han podido determinar el uso/maluso/sobreuso de una región del cuerpo concreta, la cual evidentemente y con el paso del tiempo desarrollará sus propios mecanismos de protección y adaptación para procurar el mantenimiento de su función. Supongo que está claro que estoy hablando de la temida artrosis. Se trata de un proceso lento y progresivo que acompaña a la renovación sucesiva del DNI (a muchos pacientes les gusta la alusión al mencionado documento).
Ahora bien, cómo explicamos la existencia de pacientes con dolor leve o moderado con cuyas imágenes radiográficas exhiben estructuras francamente catastróficas, frente a pacientes con dolor intenso o severo asociado a imágenes muy acordes con la normalidad.
En alguna ocasión se nos han mostrado radiografías con exhuberantes muestras de artrosis como ejemplo de diversas patologías que han resultado ser hallazgos casuales en personas asintomáticas o con muy poco dolor.

Se me ocurren dos ejemplos bastante claros: el llamado "espolón calcáneo" y la "osteofitosis vertebral". En ambos casos existe un proceso de sobrecalcificación como mecanismo mediante el cual el organismo busca aumentar superfície de sustentación (caso de la osteofitosis) o reforzar una zona de inserción que sufre tracción excesiva. Pero lo más importante es que se trata de un proceso que lleva ocurriendo durante años en ese mismo organismo y que el dolor que se le atribuye no proviene del hueso en sí sino de componentes vecinos en ocasiones por fracaso de buena dinámica regional, y en otras como parte del complejo sistema cerebral de percepción que ha activado (como dice nuestro admiradísimo Dr. Goicoechea) "el programa dolor por posible peligro de daño".
Esto explicaría quizás la diferencia entre "hace tres días, cuando no me dolía" y "hoy, que me he levantado con un dolor insoportable en el talón". 

Lo que está claro en este caso es que ese exceso de hueso no duele y recurrir a  su imagen cada vez que hay que justificar un dolor es una forma gratuíta y poco esperanzadora de combatirlo. Podríamos acabar con dos espolones: uno en el calcáneo y otro a modo de mayordomo, abriendo la famosa puerta de entrada de la percepción dolorosa del cerebro. 

En conclusión: ¡Las radiografías no duelen!