miércoles, 29 de septiembre de 2010

Me duele el cuello, ¿debería cambiar de almohada?



Buena pregunta... Cuántas veces se nos ha planteado la cuestión de las almohadas, los colchones, los sofás y demás ítems de descanso (tal vez deberíamos eliminar el sofá como ítem de descanso, en algunos hogares es capaz de superar a la cama!!).

Pero centrémonos en las almohadas, por su proximidad física a la región cervical y la frecuencia con que se las suele relacionar con los dolores en esa zona.

La norma básica y creo que más extendida para dar respuesta a la solicitud de consejo sobre almohadas es la siguiente: deberá ser más bajita que alta y con un interior o relleno moldeable y acoplable a la curvatura del cuello. No está mal  ¿verdad?, el mercado debe estar lleno de almohadas que se corresponden con la descripción...

En cualquier caso creo que la cuestión que deberíamos analizar más a fondo es la postura de esa región cervical. Dentro de la coherencia, claro está: una mala alineación entre la cabeza y el cuello sumado a cierta rigidez de los componentes anatómicos de la zona, complican enormemente su adaptación al cánon de almohada que mencionábamos con anterioridad. Puede resultar difícil de visualizar para quién no está familiarizado con estos términos. Se trata de lo que llamamos "posición adelantada de la cabeza", un patrón postural bastante común en nuestra sociedad y asociado frecuentemente a molestias regionales de diversa índole (sobre todo cuando se acompaña de posiciones laborales mantenidas poco higiénicas, estrés e incluso desajustes en la armonía dental/mandibular entre otros muchos factores).


Entrar en biomecánica musculoesquelética y tensiones fasciales podría provocar bostezos cosa que no resulta nada oportuna teniendo en cuenta que todavía no hemos solventado el tema de la almohada... 
En definitiva, podemos decir que, salvo que nos dé por dormir con la almohada XL en altura, el problema es más de la tendencia postural y el descuido de su higiene, que de la infrastructura del dormitorio. ¿Son buenas noticias?. 


martes, 28 de septiembre de 2010

Herniación, protrusión, pinzamiento, atrapamiento, aplastamiento...



Todos hemos oído estos términos alguna vez. Unos más técnicos que otros, pero todos corresponden a títulos que algunos profesionales de la salud usan, a veces con excesiva soltura, para etiquetar la causa de los dolores de sus pacientes. 


Vamos por partes: está claro que necesitamos, como cualquier otro gremio, de una terminología específica que permita que nos comuniquemos con propiedad. Existen diccionarios médicos que recogen el sinfín de palabrejas relacionadas con la salud y la enfermedad, pero no hay que olvidar que los conceptos que describen patología llegan a la calle y la pregunta es... ¿cómo son absorbidos por quienes creen que los padecen?


Un señor acude a consulta (del profesional pertinente), por un dolor de espalda que lleva un tiempo limitando su calidad de vida... nada grave, una molestia. El sanitario pone en marcha la batería de pruebas complementarias a un interrogatorio especialmente dirigido a averiguar qué tejido puede estar causando la sintomatología. Bueno, bien, el proceso para llegar a un diagnósitco certero ha empezado. Nuestro señor paciente está contento, parece que está en el lugar adecuado. Un día llegan los resultados de las pruebas y el momento de la "etiqueta". Es entonces cuando entran en juego nuestras palabrejas... El profesional observa con detenimiento las imágenes colocadas sobre el negatoscopio y procede a explicar a nuestro paciente el posible origen de su problema: ... tiene Ud. una protrusión discal, claro!. De ahí el dolor... Pero, ¿qué es una protrusión discal?. El profesional procede a la explicación: una protrusión discal es un abombamiento de las almohadillas que se encuentran entre las vértebras. Éste se produce por el aplastamiento que sufren dichas almohadillas por las sucesivas cargas en posiciones de flexión a las que sometemos a nuestra columna, ¿entiende?... el disco protruído puede comprimir la médula o producir un atrapamiento de una raíz nerviosa. Es normal que tenga dolor, esto forma parte del desgaste natural de nuestra anatomía. Tómese estas pastillitas cada ocho horas y vuelva en un par de meses. 


Las imágenes mentales que genera el señor han convertido  una ligera molestia lumbar en un dolor insoportable, pero esto no es todo: el miedo a todas esas atrocidades que pueden ocurrir entre vértebras, médula espinal y raíces nerviosas están condicionando su movilidad. Se trata de un fenómeno conocido como kinesiofobia, otra palabreja del ámbito, aunque es mucho menos probable que llegue a difusión popular.


Señores profesionales de la salud dados a usar estos términos y dar estas explicaciones gratuítas a sus padecientes: ¡tengan cuidado, por favor!, el cerebro está deseoso de recibir explicaciones, pero el miedo, las creencias, las expectativas y la magnificación de ciertos términos puede convertir a su dueño en un verdadero sufridor al que puede que esa pastillita cada ocho horas ya no  le sea suficiente. Intentemos no engordar las escandalosas cifras de la cronicidad.



lunes, 27 de septiembre de 2010

Dolor, ¿un aprendizaje social?




Estaremos de acuerdo en que el sustrato conceptual del dolor es tan complejo como la problemática que se relaciona con él. Se trata de un clásico en nuestra era, uno puede andar por la calle e ir dejando atrás conversaciones sobre dolor, molestias, incapacidades, sufrimiento físico y psíquico. Es común también que éste pase a formar parte del protocolo de saludo cordial: nos saludamos con un "¿cómo estás? y la respuesta pasa, en muchas ocasiones, por hacer algún comentario en el que aparezca la palabra dolor.

¿Se trata de un fenómeno aprendido por los miembros de esta sociedad? ¿Aprenden los niños estos protocolos hasta el punto de utilizar la temática como argumento sistematizado en sus relaciones interpersonales futuras?.
Los peques han aprendido que el dolor exime de responsabilidades, de obligaciones, de cosas que no apetecen: es lunes, hay cole: me duele la barriga. También me dolió la semana pasada cuando no me apetecía recoger mis juguetes... ¿Se traslada esto a la edad adulta cuando la racionalidad ha invadido ya nuestros cerebros? o peor aún, ¿sentimos ese dolor cuando estamos en desacuerdo con algún aspecto de nuestras vidas?

Tal vez debieramos revisar esos conceptos antes de hablar de nuestras lesiones, tal vez sería interesante adentrarnos en las situaciones naturalmente relacionadas con el sufrimiento y analizar de cerca qué parte del dolor que sentimos se corresponde con el daño físico real, con el maltrato al que somete a nuestros cuerpos el frenético ritmo al que nos entregamos por seguir el segundero de nuestros relojes...

Quizás aprendamos a desaprender y el saludo a nuestros vecinos vuelva al clásico: "...se ha quedado buena tarde, ¿verdad?".